Escribiré estos sentires entre tus ojos, sé que únicamente tus pupilas comprenderán la flama del dragón que los impulsa, brotan de mismísimo fuego el acento que los evoca, voz mítica que invoca  la sed de tu boca y el mutismo de la mía.

Somos almas aladas. De nuestros vientres brotaron inteligentes y hermosos volcanes que se plantaron en el mundo, recreando  la esperanza y el renacer de la vida.  Hemos cumplido la misión con amor, exigencia y decoro, pero… aún seguimos aquí, de pie,  poseemos inmensas  manos abiertas que despiden aromas y colores azules, fragancias de pino, todavía proseguimos moldeando, con la brisa, fulgurantes figuras con nubes del preciado firmamento.

La vida y sus segundos, la relatividad de los instantes que calladitos, van marcando la pauta hacia el último acantilado, nadie sabe cuándo, pero llegará el momento en que habremos de saltar. Solo somos inmortales cuando despertamos y ese proceso, ya sabemos, no es coordinado ni pautado, se desarrolla en una vorágine de fuerzas enfrentadas, luchas encarnizadas cuerpo a cuerpo, ego y luces, voces y silencios ¿Lo peor? además, hay que enfretar otros egos, externos,  que aspiran decorarnos con sus deseos, hacernos imágenes idolatradas con espíritus de cera, incólumes e intactas.

Regresamos a nuestros brillantes pegazos de oro, cuya misión es arrancarnos todos los agujeros que se suscitan en día a día, esconderlos bajo sus alerones y expulsarlos como polvo vacío al infinito universo, empero, siguen alli los dragones, los feníx, las crisálidas, los capullos… persiste la sed que ningún oasis sacia, la ilusión de ver el mundo con los propios ojos,  traslúcidos ante la inocente verdad,  ser quiénes somos desde el cosmo intrínseco que nos troquela, tenemos el derecho divino a  desprender sin verguenza  las luces de estrellas que forjan,  silueta de soles y senderos, caminos escritos con fogonazos y arrebatos, palabras escritas a fuerza de llamas, calor e incertidumbre.

Nadie, ni siquiera el poderío de la gravedad, puede detener miradas cuyas lágrimas brotan, secan y calientes, espuma que nadie ve, gotas prisioneras que buscan entre la lluvia, la llamarada invensible, del ser invisible que somos, tatuadas en lo profundo del músculo, con el sello de sangrante de nuestros dragones…

Anne Shelle-sc

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